El cine de animación francés demuestra su buen momento con esta pequeña joya, que acumula varios premios. Llega a las salas después del estreno de la brillante Arco, con la que guarda algunos puntos en común. Muy merecidamente, ambas competirán por el Óscar en la misma categoría. Igual que en aquella, la narración toma una tierna perspectiva infantil y toca temas consustanciales a la existencia del ser humano con unas marcadas intenciones didácticas. También aquí se perciben influencias de Studio Ghibli, especialmente en las alegóricas fantasías que emergen a lo largo del filme.
Amélie nace en Japón a finales de los 60. Hija de un diplomático belga, durante casi tres años se cree que es Dios, limitándose a observar en silencio cuanto sucede alrededor. Una tarde, tras probar el chocolate blanco que le ofrece su querida abuela Claude, decide empezar a andar y pronuncia con soltura sus primeras palabras, para sorpresa de todos. Además, pronto traba unos fuertes lazos afectivos con Nishio-san, la joven asistenta que colabora en las tareas domésticas.
Sorprenden sus singulares preámbulos, que conectan con el origen divino del universo y la vida. Incorpora desde el inicio la voz en off de la protagonista; un recurso que acompaña a la proyección sin perjudicar al relato.
A continuación, liga experiencias de distinto cariz. Con ingenuidad, asombro o contrariedad aborda los descubrimientos que la niña realiza en diferentes ámbitos. Junto a los momentos felices introduce con tacto breves episodios tristes, vinculados al dolor y a la muerte.
No obvia los aspectos históricos y costumbristas, ligados a las tradiciones de aquel país, donde todavía pesaban las terribles heridas causadas por la guerra. Sin recrearse en los apartados dramáticos, avanza hacia un emotivo desenlace, que casa perfectamente con el resto de esta amable fábula.
Como en las reconocidas producciones orientales, sus artífices se han decantado por el dibujo tradicional y los trazos sencillos. Ello no le impide representar, con tonos suaves, unos hermosos y coloridos parajes naturales. Incluso se advierten detalles curiosos, que subrayan el derroche de imaginación volcado en la cinta. Tampoco menoscaba la expresividad de los personajes, que deposita principalmente en los ojos.
La compositora tokiota Mari Fukuhara aporta unas extraordinarias melodías que se funden con las imágenes.

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