El reconocido Park Chan-wook (Old Boy, La doncella, Decision to Leave) adapta la novela The Ax (El hacha), del escritor neoyorquino Donald E. Westlake, actualizando sus interesantes mensajes. La obra, publicada en 1997, ya fue llevada con brillantez al cine por Costa-Gavras (Arcadia), a quien está dedicado el filme. Ahora, el director coreano eleva las dosis de humor macabro, sin tapar el drama y la denuncia social que contiene la historia. Si bien durante sus 139 minutos se aprecian ligeros altibajos, en diferentes aspectos recuerda a la oscarizada Parásitos.
Yoo Man-su, un feliz padre de familia, se queda sin empleo inesperadamente. Llevaba 25 años en la misma compañía, supervisando escrupulosamente la fabricación de papel. Sin embargo, una fusión empresarial origina la drástica reducción de la plantilla. Por desgracia, en dicho sector, cada vez hay menos puestos idóneos para él. A medida que transcurren los meses y encadena sin éxito entrevistas de trabajo, se va hundiendo anímicamente. Así que decide eliminar drásticamente a los competidores y postularse como el mejor preparado.
Los alargados prolegómenos describen la satisfacción que le causa al protagonista disfrutar de una acomodada situación junto a los suyos («lo tengo todo», dice orgulloso). Ello permite acentuar el contraste con la difícil tesitura en la que se verá poco después. Paulatinamente, vira hacia el thriller, matizado por unos apuntes de comedia negra, que emergen especialmente en los momentos más violentos.
Sin alejarse de la ácida crítica al mundo laboral, otorga un peso relevante a las intimidades domésticas. Las tensiones con su esposa y las reacciones de sus hijos ante las estreches económicas desembocan en circunstancias curiosas e hilarantes.
El tono gamberro, y a veces surrealista, crece conforme se suceden las acciones criminales, acicaladas por unos toques satíricos. No obstante, se advierten algunas transiciones desangeladas. El elocuente epílogo aporta una conclusión rotunda y desesperanzadora, que, tristemente, puede extrapolarse a muchos ámbitos.
La factura técnica responde al oficio de un realizador veterano. Sus excelencias se perciben particularmente en los planos picados y tomas aéreas
Lee Byung-hun (El juego del calamar) cumple con los distintos estados anímicos por los que atraviesa su personaje. Le secunda convenientemente Son Ye-jin (La última princesa).

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