Los directores Jorge A. Lara y Fer Pérez, coautores del guion, firman esta comedia satírica con trasfondo social que contiene diálogos hilarantes. Debe reconocerse la buena labor de escritura, que se traduce en unos personajes dispares y convenientemente construidos. Si bien algunos presentan rasgos abiertamente caricaturescos, no se salen de las licencias que permite el género. Las circunstancias particulares y los secretos que esconden resultan determinantes. El relato los saca a luz en los momentos precisos, sorprendiendo al espectador con giros imprevisibles. Por otra parte, la influencia de Doce hombres sin piedad es innegable, al menos en su esquema narrativo.
Nueve ciudadanos forman el jurado popular convocado para deliberar sobre el último caso de corrupción que ha sacudido a la nación. Desde fuera, el veredicto parece cantado: las pruebas son irrefutables y los medios ya han condenado al acusado, el opulento empresario Valentín Ulla, que pagó sobornos a políticos destacados por la reclasificación de unos terrenos. Al comienzo de la reunión todos lo tienen claro; sin embargo, una circunstancia que jamás hubiesen imaginado transformará el proceso en un juego de poder, ética y ambición.
Los distendidos compases iniciales, en tono jocoso, no invitan a pensar los cambios que sufrirá esa ineludible convivencia. Hábilmente, la introducción transmite una sensación de relajación total. Se detiene incluso en sustanciosas anécdotas singulares, dando a entender que no hay discusión posible acerca de la culpabilidad del encausado. Adorna los preliminares con unas pinceladas muy graciosas.
Inexplicablemente, la sesión se ve interrumpida y han de pasar la noche en un hotel. En ese escenario irrumpe el elemento perturbador. Surgen disquisiciones que provocan unas dudas, aparentemente, razonables. Traslada así al público nuevos dilemas, que incitan a continuar debatiendo tras el visionado del filme.
Cuida la manera en que emerge el lado oscuro de cada protagonista y, con argumentos ingeniosos, procura justificar sus actitudes. El prometedor enfrentamiento que genera va diluyéndose con pretextos repletos de cinismo y, a la par, suficientemente fundamentados. Aunque se torna previsible, nunca decae.
Rodada en pocos espacios, le otorga a la música una relevancia innecesaria, pero mantiene siempre el interés, gracias también al solvente reparto. Los intérpretes elegidos se ajustan perfectamente a sus respectivos papeles. Despunta el oficio que muestran Carmen Machi y Ane Gabaraín (Patria), junto con la vis cómica de Vito Sanz.
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