La concisión narrativa y la austeridad que evidencia no restan un ápice de suspense a este largometraje, que recrea unos hechos reales. Ofrece una mirada peculiar del golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet en Chile y, desde esa perspectiva singular, logra elevar la tensión hasta cotas inicialmente insospechadas. Recurriendo únicamente a los detalles precisos y sin necesidad de ser demasiado explícito resulta contundente. Los actores, con escaso recorrido internacional, aportan unas interpretaciones irreprochables. Sus méritos le valieron cuatro premios en el Festival de Málaga, incluyendo los del público y la crítica.
El capitán Jorge Silva, adiestrador de vuelo, se ve en serios aprietos tras la sublevación militar por la lealtad que demostró tiempo atrás a Salvador Allende. Al cuartel donde se ubica la Escuela de Aviación llega el coronel Jahn, que toma el mando. No tardará en ponerlo a prueba. En primer lugar, le ordena que colabore para convertir la base en un centro de detención y tortura. Mientras, él sufre por su esposa, una profesora universitaria.
Con unos cuantos comentarios contextualiza perfectamente el relato. Permite al espectador hacerse una idea de la grave situación del país andino en 1973. Se había convertido en un polvorín y era sobradamente conocido el malestar de las Fuerzas Armadas.
Describe el marco en el que se desarrolla, abriendo varias puertas a la incertidumbre. Desciende rápidamente al ámbito personal y nos traslada los delicados dilemas que afronta el protagonista, nada fáciles de dirimir.
Plasma con unos episodios puntuales, pero muy ilustrativos, las dimensiones de la imparable maquinaria represiva que oprimiría a la población durante casi 17 años. Y sorprende con algunos giros imprevistos que precipitan el thriller hacia la resolución, completando sus aprovechados 81 minutos.
En su ópera prima, Juan Pablo Sallato, que viene del documental, acredita una solvencia técnica loable. Les saca partido a los medios invertidos en esta película de bajo presupuesto. Elige el blanco y negro, no solo por sintonizar con la época, sino porque con ello aumenta las sensaciones angustiosas que consigue transmitir.
Nicolás Zárate asume su papel con sobriedad y construye una figura convincente, pese a su coartada expresividad. No le va a la zaga Marcial Tagle, que borda el rol de oficial aterrador. El duelo interpretativo que mantienen constituye una de las mejores cualidades artísticas del filme.
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