El oficio de la cineasta Cherien Dabis brilla delante y detrás de las cámaras en esta ambiciosa producción. La historia que lleva a la pantalla resulta oportuna en la coyuntura actual. Aporta una visión a considerar del eterno conflicto que sufre Oriente Medio. El drama familiar intergeneracional que nos narra transita por diferentes momentos clave ligando circunstancias desgraciadas; sin embargo, abarca un periodo demasiado amplio. Paradójicamente, desde la perspectiva de lo que quiere contar, se antojan insuficientes sus 145 minutos. Hay parcelas que no atiende como merecen. Por otra parte, reviste de realismo la puesta en escena y capta la atención del espectador durante toda la proyección.
Palestina, 1948. La esposa y los hijos de Sharif abandonan Jaffa rumbo a Nablus porque la guerra se acerca, pero él decide quedarse. No tarda en ser capturado por el ejército israelí y posteriormente deportado. Veinte años después, viven en la Cisjordania ocupada. El benjamín, Salim, se ha convertido en maestro, marido y padre. Pese a que intenta evitar cualquier provocación, debe soportar las humillaciones de los soldados judíos. Eso marcará profundamente al pequeño Noor, quien, al convertirse en adolescente, se une a las protestas callejeras ignorando el peligro que corre.
El preámbulo busca causar un impacto inicial que enganche al público, aunque le resta capacidad de sorprender. Acto seguido, se retrotrae cuatro décadas atrás y con la información justa contextualiza el relato. Prácticamente, hasta los últimos capítulos prioriza el prisma sociopolítico. Hace palpable la opresión contenida y la sensación de inseguridad e impotencia permanente que experimenta la población autóctona.
El suspense va dando paso a la tragedia, con episodios altamente emotivos. En esos compases surgen dilemas éticos de peso y el filme funciona mejor. En la imprevisible deriva que toma, comprime, de manera inteligente, las experiencias padecidas y los traumas heredados. Los dos protagonistas acaban adquiriendo la profundidad que no alcanzan quienes les rodean.
El hermoso epílogo prolonga las buenas impresiones de los instantes finales. Toca la fibra sensible apelando a la nostalgia y la resignación.
Los departamentos técnicos consiguen la ambientación precisa de cada etapa que recrea la película. Se aprecian también los eficaces subrayados musicales que firma el compositor tunecino Amin Bouhafa (La voz de Hind).
El reparto rinde a un gran nivel, por la naturalidad que demuestran siempre sus intérpretes. Se ha de aplaudir especialmente la autenticidad con que se mueven los actores más jóvenes.
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