La Segunda Guerra Mundial sigue proporcionando historias interesantes y emotivas. La que ahora lleva a la pantalla el reputado Faith Akim (Contra la pared, Soul Kitchen, En la sombra), no siendo un episodio trascendente, aporta una visión intimista, original e ilustrativa en muchos aspectos. Rinde con ello homenaje a su amigo, el cineasta germano Hark Boom, fallecido recientemente. Recrea unas experiencias que le marcaron durante las postrimerías del conflicto y le obligaron a madurar precipitadamente.
Primavera de 1945. Nanning, hijo de un oficial nazi, deja Hamburgo al intensificarse los bombardeos aliados. Se marcha con su madre, embarazada, a la Isla de Amrum (mar del Norte), donde se hallan sus raíces maternas. Allí los acogen con cariño, aunque los alimentos escasean y le cuesta adaptarse. Alterna la escuela con las tareas agrícolas en unos campos cercanos. Cuando la derrota se cierne sobre Alemania, deberá afrontar nuevos desafíos.
El drama contenido acompaña al relato permanentemente, sin exagerar las situaciones que escenifica. De la mano del joven protagonista, encadena diversos episodios, algunos anecdóticos y otros sobrecogedores. Transita por la ilusión, el miedo, la necesidad y el desconsuelo, que explota de manera conmovedora por el pesar acumulado. También la amistad sincera tiene cabida, un aspecto que cobra mayor relevancia en los hermosos minutos finales.
Describe honestamente el clima que se vivía entre la población ante la debacle inminente. Lejos del horror que recorría Berlín, afloran reacciones encontradas. Opone los fanatismos y la visceralidad a la paz que deseaban quienes padecían las consecuencias de la contienda. Señala como la precariedad y el hambre obligan a recapacitar. Y coloca frente a ese panorama una mirada ingenua e infantil, pero muy humana, que facilita unas valiosas reflexiones, especialmente válidas en los tiempos actuales.
La fotografía de los luminosos paisajes insulares embellece las imágenes. Es una muestra más del esmero con que el director ha tratado la película.
El pequeño Jasper Billerbeck completa una interpretación admirable. Expresa con autenticidad los distintos estados de ánimo por los que pasa el personaje. Representa el cambio de mentalidad y termina abriendo los ojos, al igual que sucedió con tantos compatriotas. Además, cabe reconocer el buen hacer de Laura Tonke (El caso Fritz Bauer); mientras que Diane Kruger (Malditos bastardos) resuelve con firmeza sus breves intervenciones.

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