martes, 28 de abril de 2026

LA MUJER MÁS RICA DEL MUNDO

 

Cabe pensar tanto que, bien la historia real en la cual se basa tenía más miga, o todo lo contrario. En cualquier caso, para lo que termina contando no hacían falta dos horas de metraje, porque se repite demasiado. La alienación consentida de una rica heredera, manipulada por un tipo seductor y con grandes habilidades sociales, depara, inicialmente, unos interesantes episodios. Luego, reitera sus estrategias hasta agotar. Desaprovecha la vertiente política del relato, de la que solo realiza algunos apuntes. Salvan la cinta unas interpretaciones irreprochables y las certeras lecturas morales que esboza.

Se inspira en Liliane Bettencourt, propietaria del mayor emporio cosmético mundial: L'Oréal. Salvo por pequeños detalles, recrea lo ocurrido cuando la popular empresaria conoció a un fotógrafo famoso. Aquí, el encuentro de Marianne Farrère con el osado y dicharachero Pierre-Alain Fantin da lugar a una inesperada amistad. Aunque él nunca le oculta que es gay, se convierten en la pareja de moda. La opulenta octogenaria ve la posibilidad de romper con sus monótonas rutinas y divertirse, pero esa compañía le costará unos regalos millonarios.

LA MUJER MÁS RICA DEL MUNDO

En el fondo, gira sobre el poder del dinero y lo confronta con ciertos límites éticos. El director y coguionista Thierry Klifa opta casi siempre por un tono jocoso, acorde con la frivolidad que exhiben los personajes. Juega con diferentes perspectivas y ambiciones que acaban chocando, como era previsible.

También señala el morbo que esos conflictos provocan, y ahí extiende su crítica al público en general. Sin embargo, no le saca mucho partido al cóctel explosivo que supone añadirle unos secretos soterrados y altamente comprometedores.

Cansan los sucesivos encuentros de esta reina acaudalada con el improvisado y codicioso bufón, pese a que las gratificaciones económicas van en aumento. Busca enfatizar el contraste entre su inmensa fortuna con el aburrimiento y la sensación de soledad que sufre.

Isabelle Huppert asume con convicción y firmeza un papel que parece haberse escrito pensando en ella. No se queda atrás el locuaz, adulador e histriónico Laurent Lafitte (El conde de Montecristo). Ambos, que ya habían coincidido en Elle (2016), consiguen una química perfecta. Destaca igualmente Marina Foïs (As bestas), que resuelve con nota el exigente y desagradable rol de hija.










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