martes, 3 de marzo de 2026

LA TARTA DEL PRESIDENTE

 

El director y guionista iraquí Hasan Hadi debuta con esta agridulce y conmovedora odisea infantil. Le sirve para denunciar las carencias sufridas por la población de su país durante el régimen dictatorial. Reconocida con diferentes premios, sigue la línea de otras películas, algunas clandestinas, rodadas en Oriente Medio, que recrean unas situaciones inaceptables. Aunque se remonta a los 90, por desgracia, el mensaje continúa siendo válido hoy en varios Estados de aquella región. El temor mueve a la inocente protagonista, que encadena anécdotas de diferente cariz, dibujando un panorama desalentador. Engancha la soltura de los bisoños intérpretes, totalmente convincentes.

La pequeña Lamia, que vive con su abuela en un humilde pueblo de las marismas del sur, debe preparar una tarta y llevarla al colegio. De esta manera, podrán celebrar en clase el cumpleaños del venerado Sadam Huseín. Si no lo hace, será duramente castigada. Sin embargo, los ingredientes básicos escasean (huevos, levadura, harina y azúcar). Tendrá que ingeniárselas en la ciudad si quiere conseguirlos.

LA TARTA DEL PRESIDENTE

Liga convenientemente las circunstancias políticas, sociales y económicas, en plena guerra del Golfo, con las penurias de la resuelta niña, a quien acompaña Hindi, el gallo al que adora. Con todo, en las peripecias urbanas que relata no faltan ligeros toques de humor. Así, la picaresca de su despierto amigo Saeed, azuzada por la precariedad, evoca sin pretenderlo al Lazarillo de Tormes.

En ese deambular, asistimos a manifestaciones que exaltan la figura del dictador; muchas organizadas por el propio aparato gubernamental. Señala también a quienes se aprovechan de los necesitados. Incluso las fuerzas del orden se prestan a los sobornos. Opone a ese contexto descorazonador la dulce mirada de la desenvuelta huérfana.

En los compases finales se producen imprevistos que multiplican las dificultades, pero acierta a redondear la historia con una última secuencia inspirada y brillante, que deja buenas sensaciones.

Sin un gran derroche de medios, consigue la ambientación adecuada. Además, transmite una convincente apariencia de realismo.

Los jovencísimos Baneen Ahmad Nayyef y Sajad Mohamad Qasem, sin experiencia previa ante las cámaras, elevan esta recomendable fábula cinematográfica, galardonada con la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en Cannes. Lo mismo sucede con el resto del reparto, integrado mayoritariamente por actores no profesionales.










No hay comentarios:

Publicar un comentario