Emerald Fennell (Una joven prometedora, Saltburn) envuelve en unas caprichosas formas ampulosas esta nueva adaptación del clásico de Emily Brontë. La directora se gusta demasiado en sus aspectos estéticos, recurre sin miramientos a algunos ornamentos anacrónicos y alarga un relato bien estructurado, pero desigual. Ello no puede cuestionar el trabajo realizado por los responsables del diseño de producción, que aporta al filme su singularidad. Por lo demás, mantiene la tensión dramática de la novela, aunque los mejores episodios se concentran al principio y en los compases finales.
El señor Earnshaw, un aristócrata aficionado a la bebida que dilapida el dinero en el juego, decide adoptar al joven Heathcliff. Su hija Catherine, de la misma edad que el chico, lo recibe con alegría. No tardan en enamorarse, sin embargo, el destino los llevará por caminos diferentes, que los alejarán durante casi cinco años. Cuando se reencuentren, sus circunstancias serán muy distintas y revivir la pasión que todavía sienten les exigirá romper muchas reglas.
Dedica buena parte del metraje a explorar los conflictos de los personajes desde la sensualidad y el deseo contenido. Los preámbulos se centran en construir la atracción que surge entre los dos adolescentes y terminan ofreciendo los pasajes más románticos. Alterna los ambientes lúgubres con los bellos y tormentosos espacios naturales.
Tras el salto temporal que contiene la historia, la película cambia el tono para asemejarse a un extenso anuncio de perfumes. Busca resaltar el opulento estatus del que goza la protagonista, en contraposición con el anterior, y se toma unas licencias chocantes. El vestuario se impone al resto de apartados técnicos y la cineasta eleva su impacto visual, recreándose en encuadres llamativos. Sin duda, intenta ganarse la atención del público juvenil, propósito que corroboran las canciones de la artista británica Charli XCX.
El último capítulo, que transita de lo erótico a lo desgarrador, emparenta, por momentos, con Cincuenta sombras de Grey. No obstante, lo remata con la intensidad sentimental que procede y le pone un epílogo inspirado.
La música incidental compuesta por Anthony Willis sí que responde al espíritu de la obra y, además, introduce unos toques folclóricos evocadores.
Por encima de su belleza, Margot Robbie (Barbie) demuestra el innegable oficio actoral que posee. Le da la justa réplica un actor en alza: Jacob Elordi (Frankenstein).

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