De la mano del director kazajo, nacionalizado ruso, Timur Bekmambetov (Wanted (Se busca), Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) llega este entretenido thriller futurista que recorre diversos estadios con eficacia. La intriga, el drama y la acción van relevándose, manteniendo siempre el máximo interés. A lo largo del filme asistimos a varios giros imprevisibles con distinta fortuna. El presupuesto argumental gira en torno a la suplantación de los jueces por una inteligencia artificial avanzada, lo que, sobre el papel, no resulta nada descabellado. Sin embargo, el propio relato se encarga de confrontar hábilmente sus inmediatas ventajas a los irreparables errores en que podría incurrir.
La avalancha de crímenes en Los Ángeles y la demora que acumulaban los procesos judiciales provocó una situación insostenible. Ante tal tesitura, las autoridades le confiaron al programa Mercy los juicios por delitos de sangre. La propia IA, aparentemente infalible por la cantidad de información que posee, concede audiencias, dicta sentencias y, si procede, ejecuta a los condenados; todo ello en 90 minutos. Ahora, el inspector Chris Raven dispone solo de esa hora y media para demostrar que no asesinó a su esposa, pero las diversas pruebas recabadas se antojan irrefutables.
Indudablemente, toma elementos de películas anteriores. La premisa parece heredada de la producción española Justicia artificial (2024), que se basaba en un delicado dilema ético. Incluso la sombra de Hitchcock está presente si se piensa en Falso culpable (1956). No obstante, la monitorizada puesta en escena recuerda, hasta mitad del metraje, a títulos como Searching y Missing.
El guion construye un elaborado andamiaje narrativo mediante el cual intenta aproximar al espectador a las hipótesis de Maddox, una rigurosa entidad virtual. Cierra casi cualquier resquicio a la inocencia del protagonista. De esta manera eleva las expectativas, porque intuimos que algo se nos escapa.
Paulatinamente, abre nuevas líneas de investigación, inicialmente inimaginables. La tensión da paso a unos últimos compases vibrantes, donde se acumulan las piruetas imposibles, rematadas por un epílogo con mensaje.
Su notable factura técnica y la labor realizada por los responsables del montaje contribuyen a que la trama transcurra íntegramente en tiempo real.
El duelo que mantienen Chris Pratt (Guardianes de la galaxia) y una hierática Rebecca Ferguson (Dune, Misión imposible) funciona. Sin cambiar prácticamente de posición, consiguen atraer la atención valiéndose del eficaz diseño artístico.
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