martes, 3 de febrero de 2026

MARTY SUPREME

 

Quienes se guíen por las nueve nominaciones a los Óscar y demás reconocimientos obtenidos por el filme, entrarán a la sala con unas expectativas que en ningún caso satisface. Ello no supone que estemos ante una película mediocre, pero sí sobrevalorada. Las innegables virtudes técnicas y las encomiables interpretaciones del elenco actoral no arreglan un relato estirado e irregular. Durante sus 150 minutos asistimos a unos altibajos pronunciados. Cambia de tono bruscamente, se dispersa y depara pocas sorpresas.

Nueva York 1952. El joven Marty Mauser trabaja en la zapatería de su tío, que aprecia sus habilidades comerciales. Por eso, le ofrece el puesto de encargado, que él rechaza sin dudarlo. Sueña con dedicarse al deporte que le fascina: el ping-pong. Pretende viajar a Inglaterra y disputar el prestigioso campeonato británico; sin embargo, anda escaso de dinero, por lo que deberá ingeniárselas para conseguirlo. Ya en Londres seducirá a Kay Stone, una famosa actriz casada con el millonario Milton Rockwell, que podría financiarle los viajes al extranjero.

MARTY SUPREME

Las primeras secuencias avanzan su agilidad narrativa. Describe con concisión al pícaro protagonista sin extenderse en detalles. Pasa del ámbito personal al deportivo con fluidez y esboza los preámbulos de una historia interesante. No obstante, sin abandonar ese buen ritmo, comienza a abrir demasiados frentes. Multiplica las subtramas, se aleja mucho tiempo de los torneos y acumula las desdichas que soporta el arrogante jugador.

El guion propone una estructura episódica que va saltando de un capítulo a otro. Logra centrarse en los últimos compases, aunque el cierre deja algunas cuestiones por resolver.

La realización no admite objeciones, lo mismo que el montaje y el diseño de producción. Los 70 millones de dólares invertidos permiten una ambientación irreprochable. Por el contrario, cabe oponer cierto reparo a la banda sonora. Mientras la música incidental compuesta por Daniel Lopatin cumple plenamente su función, descoloca la inserción de varios éxitos ochenteros. No se entiende bien la verdadera intención de esta frivolidad anacrónica.

Timothée Chalamet (Wonka, A Complete Unknown) ganó el Globo de Oro por este papel en el que se implica totalmente. No ensombrece al resto del reparto, del que destacan Kevin O’Leary y la prometedora Odessa A’zion. Cumplen con oficio Gwyneth Paltrow y el veterano cineasta Abel Ferrara.











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