François Ozon (Frantz, En la casa, Mi crimen, Verano del 85) firma una de sus películas menos estimulantes. Seguramente traslada a la gran pantalla el espíritu fiel de la obra homónima del novelista y filósofo Albert Camus, ya adaptada por Lucino Visconti en 1967, pero como historia cinematográfica resulta bastante insulsa. La insensibilidad y pasividad del protagonista terminan por dominar la narración, que se contagia de su indiferencia; representa el vacío existencial en grado máximo. Los únicos que generan cierto interés son quienes le rodean. Construye pequeñas subtramas que, desafortunadamente, gozan de un escaso recorrido. Las segundas intenciones que contiene apenas se atisban.
Argel, años 30. El apuesto Meursault se ha quedado solo, su madre acaba de morir, aunque no parece estar muy afectado por tan irreparable pérdida. Poco después conoce a Marie Cardona, quien se siente inmediatamente atraída por él. Pronto comienzan a salir juntos; sin embargo, ella le reprocha la falta de pasión que pone en la relación. Cuando un vecino suyo, Raymond, acusado de maltratar a una chica magrebí, le pide ayuda, decide encubrirle; ignora que se implicará hasta extremos insospechados.
El desapego es permanente, incluso al involucrarse en asuntos ajenos. Lo hace casi a modo de experimento, sin convicciones firmes. El nihilismo se apodera del filme desde los primeros minutos, lo cual eterniza sus dos horas de metraje.
Los apuntes críticos sobre el racismo que nacía en la metrópoli, el machismo y el menosprecio hacia la población autóctona constituyen sus lecturas más apreciables. Por otra parte, añade una cargante discusión en torno a las creencias religiosas que precede al desangelado y cantado epílogo.
Mientras el extranjero al que se refiere el título marca distancia con el público, los secundarios provocan el efecto contrario. El espectador termina deseando que la cámara les siga porque sus respectivas circunstancias se prestan a un mayor desarrollo.
El director francés elige el blanco y negro, tal vez para acercarnos a la época en que transcurre el relato. Se aprecia igualmente una buena factura técnica; en particular, destaca el diseño de producción.
Benjamin Voisin (Las ilusiones perdidas) logra que su personaje sea detestable. Se luce Pierre Lottin (Por todo lo alto) en unos registros que domina, sorprende gratamente la actriz Rebecca Marder (Simone, la mujer del siglo) y no pasan desapercibidas las intervenciones del veterano Denis Lavant.

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