Defrauda las expectativas que siempre genera Fernando Trueba, y en mayor medida al haberse referido a las influencias del cine de Hitchcok (Encadenados, Sospecha). El reputado director, coguionista junto a Rylend Grant, no consigue enlazar de manera asumible los tres actos del filme, que sigue una línea marcadamente descendente. Las buenas sensaciones que transmite al comienzo van desapareciendo conforme los protagonistas toman unas decisiones mal motivadas e inaceptables si atendemos a su caracterización. Transita de un hermoso romance al thriller sangriento y desproporcionado, atravesando unos terrenos dramáticos inconsistentes.
Álex llega a una pequeña isla griega procedente de Barcelona. Le ilusiona convertirse en la maître del coqueto restaurante que regenta el introvertido Max. Sin embargo, se ha retrasado demasiado y el puesto ya está cubierto, pero, si quiere, puede quedarse a trabajar de camarera. A falta de recursos económicos, acepta la oferta. Pronto se siente atraída por su nuevo jefe. Ignora que este norteamericano reservado oculta muchos secretos. Forman parte del pasado que quiso enterrar allí para empezar de cero. También se fija en ella el joven Chico, pese al idilio prohibido que mantiene con Ilya, comprometida con otro hombre. La amistad, la pasión, los celos y la desconfianza chocarán en un cóctel explosivo.
El primer capítulo, que se desarrolla en el verano de 2001, se beneficia del colorido y el tacto aplicado a la incipiente relación sentimental. La luz mediterránea que inunda la pantalla y lo bellos paisajes insulares envuelven la presentación de unos personajes interesantes por distintos motivos. Son los mejores momentos de la película.
Asentado el punto de partida, no logra romper con argumentos convincentes la armonía y felicidad que describe al principio. Asistimos a discusiones resueltas con precipitación y sin lógica. Enrarece el ambiente gratuitamente y pierde credibilidad.
La historia empeora al derivar hacia unos derroteros propios de las tragedias shakespearianas. Alarga ese último episodio (invierno) mediante una sucesión de reacciones desafortunadas e insostenibles, y con dicho talante pone un colofón que causa perplejidad.
Con todo, se deben reconocer las virtudes técnicas que exhibe. El contrastado oficio del realizador y de sus colaboradores no falla. Se aprecia especialmente como las imágenes adquieren diferentes texturas en cada estación.
En cuanto al reparto, Aida Folch salva con creces su participación. Se impone a Matt Dillon (Algo pasa con Mary, Crash (Colisión)), que no aprovecha las posibilidades de un papel rico en matices. Tampoco la química entre ambos actores brilla, antes al contrario.

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